Finalmente consigues liberarte de la prisión, pero a costa de un dolor terrible en la rodilla. Ha quedado realmente magullada del accidente, si bien eso es ahora lo que menos te importa. Tiendes como puedes a Udane sobre el frío metal del blindado, e intentas comprobar su pulso. Le coges la muñeca... no sientes nada. Empiezas a agobiarte ¡No puede ser! ¡No joder, no, no! ¡¡NO!! Llevas tu mano al cuello, e intentas buscar su pulso, pero no lo encuen... ¡Aquí, esto es! Crees haber encontrado el ritmo de su latidos, pero finalmente comprendes que es tu frenético ritmo cardiatico, que te hace sentir palpitaciones por todo tu cuerpo.
- ¡Vamos, vamos, vamos! ¡Por favor no me abandones! ¡¡No ahora, no!! - Lleno de rabia y llorando de impotencia sigues palpando todo el cuerpo de Udane, intentando buscar algún signo de que sigue viva.
- Enzo... Udi... Udi está bien. No te preocupes. - Sientes entonces un pequeño abrazo por la espalda. Condenada niña...
Intentas calmarte, serenarte. Seguro que ella sabe mucho mejor que tú como está. Respiras hondo, te tranquilizas y te acercas a centímetros de su cara. Levemente, como si apenas no lo hiciera, pero respira. ¡¡Sí, respira!! ¡Alicia tenía razón!
Sólo ahora puedes respirar aliviado, agachando la cabeza mientras las lágrimas aun recorren tus mejillas. Pero no hay tiempo que perder, a si que desvistiéndote a toda prisa, arrancas un trozo de camiseta para hacer un improvisado vendaje y cubrir la brecha de Udane. Mientras realizas el vendaje te preocupas por Alicia.
- Peque... ¿como estás tú?
- ¿Qué le pasa a Udi? - responde con voz angustiada, obviando tu pregunta.
- No te preocupes, se pondrá bien. Se ha dado un buen golpe en la cabeza, verás que chichón le sale. Pero dime, ¿tú estás bien?
- Me duele un poquito el hombro, pero creo que estoy. Dicen que somos de goma ¿no?
Aquella pequeña me hizo sonreír, a pesar de mi preocupación y mi dolor en la pierna.
- ¿Lo puedes mover bien? ¿No te duele nada más?
- Nopis. Cuida de Udane, por favor, haz que se ponga bien... antes de que lleguen.
Maldición. No, eso no. Ahora no...
- ¿Que... que llegue quién, Alicia?
- Los hombres malos. Aún los siento lejos, pero bien a por nosotros.
El corazón empieza a acelerarse. Ahora estás en serios aprietos. No os podéis quedar aquí dentro, pues pronto serán demasiados y os rodearán. Además, tienes que ver con cuidado la herida de Udane. Pero si salís, tienes que cargar con ella y te duele de muy mala forma la pierna... Pero es la única opción.
Corres hasta la compuerta que comunica con la cabina médica, y al entrar encuentras de todo esparcido por el suelo. Agarras un par de vendas, un bote de Betadine y algunas gasas. No te entretienes más. Ya habrá tiempo de volver a por el resto de cosas importantes. Compruebas que aún lleves el mangual encima, y abres la escotilla que ahora quedaba en uno de los laterales. Asomándote con cuidado, ves que no hay peligro a la vista. Con cuidado, mucho esfuerzo y un terrible dolor en la pierna, consigues sacar a Udane hasta afuera. Ayudas a Alicia, y la dejas a cargo del condenado animal que había provocado todo esto. Lo hacías por Udane, ya que lo único que deseabas era estrangular esa maldita rata por hacerle daño a la chica, aunque fuese indirectamente. Te resignas y levantas para llevarla en tus brazos. Afortunadamente, es ligera y no impone mucho esfuerzo para tus brazos, pero no así para tu pierna.
A medida que pasan los minutos empiezas a notar que el dolor es cada vez mas intenso, sobre todo a la hora de apoyarte sobre ella para caminar. Pero no hay otro camino, debéis marcharos cuanto antes. Miras en todas direcciones, y buscas algún refugio. Hay varios edificios a lo lejos, pero escoges el más cercano. Uno gris, al lado de la carretera, a unos pocos centenares de metros allá adelante
- No te preocupes, vamos a escondernos en un buen sitio y a cuidar de Udi, ¿vale? Tu cuida bien de su masco... - Ya te habías puesto en camino, hacia el edificio, cuando Alicia te agarra fuerte de la camisa, impidiendo tu avance en seco.
Antes de que te de tiempo a preguntar que hace, a un metro de ti aparece un infectado, que venia desde el otro lado del vehículo. Retrocedes lo más rápido que te permite tu pierna, sin poder enfrentarte a él por tener las manos ocupadas. Comenzáis a bordear al demacrado cuerpo, que por fortuna tiene la pierna bastante más destrozada que la tuya, por lo que conseguís alejaros de él lo suficiente, y seguís camino del hospital.
- Gracias, pequeñaja, eso ha estado cerca.
- ¿Por los pelos?
- Exacto. Por los pelos. Ahora agarra bien mi camisa y no la sueltes. No te preocupes, vamos por una carretera y no hay nada con lo que te tropieces.
- ¿Tu estás bien? - La pequeña nota en tus palabras el dolor de la pierna, que comienza a sumarse al agotamiento por cargar con Udane.
El esfuerzo del peso extra estaba cargando más y más tu dolorida rodilla, y los pinchazos en la misma empezaban a ser insufribles. Pero seguiré adelante, a toda costa. Debo protegerlas y ponerlas a salvo. Más que nada porque varios de esos monstruos ya vienen a por nosotros desde todas direcciones.
No habías avanzado ni doscientos metros, cuando las lágrimas ya brotan por tu cara a causa del extremo dolor que sufres en la rodilla. Cada paso supone un infierno, como si mil agujas de tejer punto atravesaran de lado a lado tu rodilla. El esfuerzo de cargar con Udane empieza a ser sobrehumano, y te falta la respiración. Alicia está inquieta, asustada. Pero es fuerte, muchísimo más de lo que aparenta y de vez en cuando te da ánimos para seguir, a pesar de que ve, o mejor, siente, como los infectados se acercan cada vez más a vosotros.
Son lentos, sí, pero algunos ya consiguen andar mas deprisa que tu, y os ganan terreno. Es cuestión de tiempo que os alcancen si no llegáis hasta un refugio seguro. Pero ya estás casi al lado del edificio hacia donde marcháis. Es un edificio gris, de varias plantas. Distingues dos alas, unidas por el centro, formando una gran planta en forma de H. Gobernando el frente, la entrada y un pequeño aparcamiento totalmente desierto. Intentas ver el letrero del edificio, pero unos árboles te lo impiden. Da lo mismo, hay que ir a toda costa.
- Ten cuidado Alicia, ahora vamos a ir un poco por el campo para llegar hasta... - tomas un poco de aliento - hasta otra carreterilla y pronto estaremos a salvo. Vayamos despacio... y con buen pie...
Comienzas a bajar un pequeño terraplén para alcanzar el camino que lleva hasta vuestro destino, y consigues leer el cartel que identifica la construcción como el Hospital Doctor Lafora.
Sientes un desasosiego que te invade todo el cuerpo, mientras ves como tus esperanzas se marchan lejos, muy lejos. Pero lo peor de todo, es que, rebuscando en tu memoria, recuerdas su antiguo nombre y propósito:
El Hospital Psiquiátrico de Madrid.
